jueves, 26 de octubre de 2017

LUCÍA SAN JOSÉ



He escuchado muchas veces decir a otros padres y madres que les da pena que sus hijos e hijas crezcan. A mí me pasa lo contrario. Me encanta que las mías se hagan mayores. Lucía cumple hoy dieciocho años y no puedo sentir más satisfacción. Me parece mentira, eso sí, por la rapidez con que ha pasado el tiempo desde que nació hasta ahora.


Estoy contento porque creo que soy mejor desde que ella está. Y, modestamente, creo que el mundo también lo es en la medida en que una persona puede cambiar el estado de las cosas que la rodean. Cada vez estoy más convencido de que la verdadera revolución es la individual. Nada cambia si uno mismo no cambia y no hace lo posible por estar de una manera determinada en su círculo pequeño e insignificante

Lucía es; no se conforma con estar. Se cae pero vuelve a levantarse con una fuerza interior, una pasión por la vida, una voluntad y un amor hacia los demás que hace que, sin que ella se de cuenta, su opinión y su presencia sean imprescindibles para los que estamos a su lado. Además recomiendo descubrir su lado gamberro, quizás porque somos cómplices y compartimos un sentido del humor algo raro al que me es imposible resistirme.

Le quedan muchos desengaños, sufrirá, pero no importa porque esa es la consecuencia de vivir. De vivir de verdad, libremente y bebiéndose la vida como ella lo hace. Me aventuro a pensar y me atrevo decir que, con los años, será una mujer sabia porque tiene una bondad natural que le hace saber ponerse en la piel de los demás sin perder el criterio que poco a poco, golpe a golpe, se va formando.

Lucía nos regala felicidad, a nosotros y a todo el que esté cerca, y lo seguirá haciendo siempre porque tiene luz propia.  

Desde aquí le doy las gracias por enseñarnos continuamente y, como dije cuando empecé, por hacernos mejores cada día.









miércoles, 4 de octubre de 2017

LA MUJER SERPIENTE


Para mamá, Marisa y Reyes.

 

La idea para escribir esta historia arranca en un recuerdo familiar de mi madre y en un hecho vivido, junto a ella y mis hermanas, muchos años después.

Agradecimiento eterno a mi amiga Marta por confiarme a Kary, Nita y Mary, y dejarme las manos libres para fantasear y convertirlos en personajes.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia excepto algunos detalles clave, el poema de Kary Mayer que sirve de inicio y, por supuesto, la mujer serpiente, que existió. Yo la vi.

 

LA MUJER SERPIENTE

 

Con cuatro maderas

y un gran entoldado

¿Quién me habla de penas?

¿Quién puede estar triste?

¿No veis la farándula?

¿No veis los payasos?

¡Con cuatro maderas

y un gran entoldado

se alza la alegría

del Circo Dorado!

 

Ya veis con qué poco

se os han derrumbado

todos los motivos

que os traen amargados

¡Todo es tan ficticio

como las parodias que os hemos brindado!

¿Por qué has de estar triste?

¡No debe haber penas!...

 

Con cuatro maderas

y un gran entoldado

te brinda alegría

¡¡El Circo Dorado!!

 

(Transcripción textual del poema manuscrito de Kary Mayer)

 

 

Madrid, invierno de 1952

 

Dicen que ya no hace frío como el de antes. Algo debe haber de cierto en esta afirmación porque aquel invierno helaba la sangre.

Kary había pasado de ser una de las personas más influyentes en el mundo del espectáculo madrileño, a alguien a quien se daba de lado e incluso se presumía de ello.  No corrían buenos tiempos para los libertinos, y quien hacía tan solo un poco de tiempo se codeaba con lo más granado del régimen, ahora se las veía y se las deseaba para poder sacar adelante cualquier nuevo número que hiciese que su Circo Dorado volviese a ser lo que algún día fue. Los poderosos siempre han gustado de tener a la bohemia de su lado pero, ¡hasta ahí podíamos llegar! La ruina le acompañaba inexorable, y él buscaba denodadamente algo impactante que le devolviese la fama y el prestigio perdidos.

-¡Ya verán esos paletos endomingados!- Pensaba el viejo zorro que, aunque en horas bajas, conservaba aquella elegante impostura que ya quisieran todos esos nuevos ricos recién planchados.

Su pública historia de amor con dos mujeres estaba muy bien para los boleros, pero los bienpensantes y meapilas que le envidiaban en lo más escondido de su ser, no consentirían nunca que Kary Mayer volviese a ser uno de los suyos. Lo que ayer les daba caché, hoy les cerraba las puertas de la alta sociedad madrileña.

Cuando Mary Dugan, aquella joven de insolente belleza y pelo rubio como el trigo, se cruzó en su camino, Kary ya rondaba los sesenta años y su matrimonio con Elisa había alcanzado toda la estabilidad que el mundo del espectáculo permite. Se conocían y se amaban lo suficiente como para no caer en sentimentalismos ridículos, lo que les permitía vivir con la tranquilidad de quien tiene todo el pescado vendido y un cómplice con quien contar en cualquier circunstancia. Era una mujer inteligente y sabía que nunca más encontraría a alguien como él. Por eso, cuando Mary apareció con su carita ingenua y sus enormes ojos de color violeta, supo desde el primer momento que aquella jovencita formaría parte importante de la vida de su marido y, por tanto, de la suya.

Elisa ya no estaba como para acompañar al gran Kary Mayer en su número de mentalismo, el plato fuerte del Circo Dorado. Hace años, el público se había rendido a la habilidad que ese dandy tenía para meterse, como un ladrón, en los cerebros de los espectadores de cualquier rincón, de cualquier platea, de cualquier gallinero, de cualquier teatro, de cualquier lugar de España.

Mary tenía aproximadamente la misma edad que Nita, la hija que ambos adoraban y mimaban como si no hubiera crecido, como si siguiera siendo aquella niña de pelo rizado y negro como el de Elisa, y mirada magnética como la del padre. Desde niña había mostrado cualidades innatas y extraordinarias para el contorsionismo y, aunque nunca tuvo demasiada inclinación por el mundo del espectáculo, Kary no estaba dispuesto a dejar pasar de largo a ningún talento que pudiese agrandar la nómina de sus artistas, por muy hija suya que fuera. De manera que, desde niña, Nita formó parte de aquella familia itinerante que no se reducía a sus padres. Creció rodeada de equilibristas, tragasables, magos y demás fauna que formaba el Circo Dorado.

Desde el primer día sintió aversión por Mary. Nunca le gustó. Y no solo porque inmediatamente intuyó las intenciones de la chica con respecto a su padre, sino porque supo que aquella historia sería el principio del fin. Y así fue.

 

Santa Pola, verano de 1974

 

Está anocheciendo y una mujer muy guapa pasea con sus tres hijos, dos chicas de entre quince y diecisiete años, y un chaval de nueve o diez. Merodean por entre las atracciones y casetas de la verbena instalada en un pueblo costero levantino. El niño está empeñado en montarse en el tren de la bruja y mientras se dirigen a él, se topan con una barraca en la que un hombre anciano vestido con un raído, aunque elegante, chaqué y lazo blanco de pajarita, anuncia a bombo y platillo el fenómeno más sorprendente del mundo: la mujer serpiente.

Pasan por delante de las imágenes pintadas a todo color en los tres grandes paneles de chapa que rodean la carpa, a la que da acceso una puerta cubierta por una cortina del mejor terciopelo rojo, probablemente vestigio y superviviente del telón de algún viejo teatro. En ellas, se ve una enorme serpiente hecha anillos cuya cabeza es la de una mujer de espesa cabellera rubia, con grandes ojos pintados de azul y rodeados por unas larguísimas pestañas.

El chaval queda atrapado en aquella imagen y se clava delante de la barraca. Se diría que aquellos ojos le han hipnotizado y se siente atraído como si un imaginario imán tirara  irremediablemente de él.

-¿Quieres entrar?- Pregunta la madre, que conoce bien al chico y sabe la respuesta antes de que este conteste.

Inmediatamente después, la madre compra las entradas en la pequeña taquilla situada justo al lado de la puerta de la cortina, y los cuatro entran por ella. Son acompañados y colocados detrás de una especie de burladero como los de las plazas de toros. En el centro de una pequeña pista circular, con el suelo cubierto de serrín, se levanta una especie de cabina pintada de rojo con extrañas inscripciones doradas. No hay demasiado público, diez o quince personas a todo tirar. El corazón del niño late como si quisiera salir de su pecho. De pronto, los focos que rodean la carpa se apagan y un murmullo nervioso lo invade todo. Un cañón de luz se enciende súbitamente, iluminando el centro de la pista donde ya se encuentra el hombre del chaqué, que empieza a hablar a través de un micrófono con voz impostada y grandes aspavientos sobre lo que los espectadores van a contemplar a continuación.

La gente se revuelve inquieta en sus sitios ante el anuncio de lo nunca visto, el ser más extraño de la naturaleza, la única y real mujer serpiente, producto de una mutación genética.

El foco cambia de lugar y cae sobre la cabina. La parte superior se muestra ahora como una ventana con las hojas abiertas, una a derecha y otra a izquierda. Dentro, delante de dos espejos colocados en ángulo, una falsísima serpiente enroscada yergue hacia arriba una cabeza humana sujeta por dos cintas, una a cada lado. Es una mujer de edad indefinida, tal vez entre cuarenta y cincuenta años. Su rubio pelo es casi amarillo y sus ojos son de color violeta. Tiene una mirada triste aunque desafiante.

El maestro de ceremonias, después de relatar una inverosímil historia,  invita a que cualquier persona del público le pregunte lo que quiera a la mujer serpiente. El silencio es total y nadie se atreve a levantar la voz ni, mucho menos, dirigirse a aquel ser con cara de pocos amigos. Su aspecto y el truco de los espejos son tan burdos que todos, menos el niño que está fascinado, tienen la sensación de que les están tomando el pelo, pero nadie se atreve a decir una palabra. De pronto, la hermana mayor, muy dispuesta y poco amiga de que la engañen, levanta una mano y el hombre le acerca el micrófono mirándola con picardía.

- ¡Esta guapa e intrépida señorita va a formular una pregunta a la única, la sin igual, la maravillosa  mujer serpiente!- Vocea el hombre como si los espectadores se contasen por cientos.

- ¿Me puedes decir qué comes?- Pregunta resuelta y divertida la chica.

- Conejos vivos- Contesta la otra, de no muy buen humor.

- ¿Y qué han dicho los médicos?-Vuelve a preguntar socarrona y con la mirada clavada en los ojos violeta de la serpiente.

- Que soy una mutación y no tienen ninguna explicación para mi caso.-Corta súbitamente la serpiente con cara de fastidio.

El murmullo es general y el hombre arrebata el micrófono a la chica y da por terminada la sesión. Despide cortésmente al público y el foco deja de iluminar la cabina.

Cuando salen, el niño se resiste a irse y les pide que esperen un poco. Es de noche y las luces de la verbena comienzan a apagarse. La madre y las hermanas insisten en que aquello ha sido una burla y están cansadas, pero el chaval les pide quedarse un poco más, así que se alejan de la barraca de la mujer serpiente y se colocan en un lugar desde donde se ve la puerta de entrada.

Diez o quince minutos después, la cortina roja se abre hacia un lado y aparecen tres o cuatro personas, dos de las cuales no son extrañas para ellos. El hombre, ya sin chaqué ni pajarita, camina un poco encorvado. A su lado, una mujer de edad indefinida con ojos color violeta y el pelo amarillo de puro teñido, camina hábilmente sobre dos zapatos de altísimo tacón.

-Vámonos- Les dice el niño a la madre y las hermanas. Y, cabizbajo,  se da la vuelta iniciando la marcha hacia casa.

 

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Las paredes de la caravana están repletas de fotografías en blanco y negro, lujosamente enmarcadas. En una se ve al gran Kary Mayer en primer plano posando como si de un actor de Hollywood se tratara, con la cara ladeada y apoyada en una de sus manos. Tiene un cigarrillo entre los dedos y luce una gran sortija que probablemente quedó olvidada hace muchos años en alguna casa de empeños. En otra imagen se le ve rodeado de Mary y Nita, insultantemente jóvenes, sosteniendo dos espléndidos ramos de flores y sonriendo a la cámara. Mario Moreno “Cantinflas” le pasa el brazo por los hombros en otra de las fotografías, y en una grande aparece bromeando con Antonio Machín. Pinito del Oro, Lola Flores, el gran Jorge Negrete… y hasta se le ve saludando en otra a alguna personalidad con muchas medallas en el pecho. Tiempos mejores.

Mary abre la puerta y se quita los zapatos dejándolos de cualquier forma a la entrada de la caravana. Se dirige al baño y se quita la ropa. Hace mucho calor y, a pesar de la brisa del mar, le molesta todo lo que lleva. Desnuda, camina hacia uno de los extremos donde se encuentra su tocador y se sienta frente al espejo rodeado de bombillas.

-¡Ay Mary Dugan, lo que has sido y lo que eres!- Dice en voz alta.

Comienza a desmaquillarse empezando por los ojos. Los cierra y, de pronto, una imagen repetida durante todos los días de su vida, regresa muy vívida desde su memoria.

 

Algún lugar de la provincia de Toledo, verano de 1942

 

Dos mujeres, casi niñas, iban andando por un polvoriento camino entre sembrados. Era un día muy caluroso y las chicas iban rápido. Su madre les había encargado algún recado en el pueblo cercano al suyo y, aunque iban parloteando, no debían tardar mucho. Las chicas eran idénticas, clavadas. No se distinguiría a una de la otra. Eran medias, como llamaban en aquellas tierras a los bebés nacidos de un embarazo gemelar. Una, la mitad de la otra. Como si ambas formasen un único todo, pero separadas no fuesen una entera.

Las dos medias no paraban de hablar y reír, y no se daban cuenta de que, casi a sus pies, una pequeña serpiente había aparecido seseando entre la reseca maleza que bordeaba el camino. Cuando la vieron, estaba delante de ellas levantando su cabeza desafiante con la bífida lengua fuera de la boca. Una de las chicas, presa del pánico, arrancó a correr en dirección contraria ignorando a su hermana que había caído en el camino. Cuando, al rato, volvió al sitio donde la había dejado, comprobó que su media, su mitad, no respiraba. El terror había paralizado su corazón.

 

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Dos lágrimas resbalan arrastrando el espeso maquillaje azul que cubre los párpados y las pestañas de Mary. Mira sus ojos color violeta en el espejo y comienza a sentir frío. Su sangre ya empieza a avisar de lo inevitable. Súbitamente deja de contemplar el reflejo de su imagen y, una vez más, su cuerpo se arrastra  por el suelo dirigiéndose a un gran cesto de esparto colocado junto a una cama.

Kary entra en la caravana, avisando de su entrada. Se acerca al cesto, balbucea alguna palabra cariñosa, y con mucho cuidado, casi con mimo, deposita en su interior un pequeño conejo vivo que trae entre sus manos.
 
 

EXPOSICIÓN HOGAR RECREATIVO Y CULTURAL


viernes, 30 de junio de 2017

MARISA SAN JOSÉ

¿Se puede?
Sí, porque no hay nadie.
¿Que no hay nadie?
Bueno, hay alguien, pero como si no hubiera nadie.
¡Hola!
¿Qué hay?
¿Qué haces aquí?
Perdiendo el tiempo, ¿no?
Tú dirás que no, pero yo digo que sí.
¿Qué?
¡Ah, bueno, por eso!
 
El teatro español se ha perdido una interpretación memorable de Práxedes; la que hacías cuando, juntos, buscábamos a Eloísa debajo del almendro en el comedor de casa. Siempre te ha gustado mucho ese personaje y esa obra, igual que recitar el Don Juan del Tenorio, mucho más que Doña Inés.
 
Me descubriste, antes de que lo supiera, que la mujer que yo quiero no necesita bañarse cada noche en agua bendita, y que hubo un poeta que se llamó Antonio Machado al que Serrat había puesto música. Si cierro los ojos, después de tanto tiempo, veo la portada de ese disco. También, que había una cantante argentina un poco loca que cantaba en un minuto un vals de Chopin.
 
Por encargo de mamá, me tocó una difícil tarea. Digo difícil porque ser la carabina de cualquiera nunca es agradable, pero se convierte en una labor francamente arriesgada cuando hay que serlo de la chica más guapa del barrio, de la madrina del equipo de fútbol -todo él dentro de nuestro ochocientos cincuenta después de un partido-. Detrás de ti, me metí en las alcantarillas del Parque de la Fuente del Berro y alguna otra cosa que no se nombra, como dice la canción.
 
Republicana aficionada a la historia y los chismes de las casas reales -nadie sabe más de reyes y reinas-; chica de Sepu que con su primer sueldo llegó a casa cargada de bolsas con regalos para todos; Alicantinas en el cine Chapí, el Bahía y el Paz -me pone usted una raja más de chorizo en el bocadillo, aunque me la cobre-; pelearte como un chico  porque se habían reído de nuestra hermana, un tortazo con la bici que no sabías montar -me he matado, me he matado-;  no pienso volver a este poblacho de mala muerte -¡pobre Santa Pola!-; el año dos mil y pico los hombres podrán volar, metidos en un cohete hasta el espacio estelar; volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, corriendo van por la vega, Una cebra en la cocina, la mujer serpiente, Frida Kalho, Amarraditos, Madame Curie, Haptsesut, Agatha Christie...  Y leer, leer, leer, siempre te he visto leyendo.


Hermana siempre orgullosa de su hermano, con lo impertinente que me pongo a veces, que corrió a pregonarlo a los cuatro vientos cuando nací.
 
No es ningún secreto, hoy cumples sesenta años y, aunque tengo algunos menos, sigues siendo mi hermana pequeña. Te felicito por cumplirlos, por ser tan buena persona, por haber traído al mundo a la mejor sobrina que podría tener... pero, sobre todo, te felicito y te envidio porque, a pesar de lo duro que te ha dado la vida, sigues creyendo en el País de Nunca Jamás.  






miércoles, 11 de enero de 2017

DE EMERGENCIAS Y MULTAS





Mis padres viven en una zona modesta de un modesto barrio de Madrid. El mismo donde nací, me crié y viví hasta hace trece años. Una zona donde hasta hace unos años ni siquiera había entradas de emergencia para poder acceder a unos portales echados en las calles como dados en un tablero de parchís. De manera que para poder llevar hasta una ambulancia a un enfermo había que trasladarle sentado en una silla o, directamente, en volandas. Mi propio padre escribió a algún periódico y reclamó en varias ocasiones esa cosa tan de sentido común sin obtener nunca respuesta alguna. Hasta hace unos quince años en que se acometió una horrenda remodelación de ese barrio y, afortunadamente, en medio de aquel desvarío alguien, sensible y con cabeza, tuvo la idea de cumplir las normas mínimas y crear unas entradas para poder acceder hasta las casas si así fuese necesario.

Las circunstancias de la vida han hecho que, de un tiempo a esta parte, estas entradas nos hagan más fáciles las constantes visitas a consultas médicas y hospitales a las que mis padres se ven obligados a acudir con demasiada frecuencia. Mucho más frecuentes de lo que todos desearíamos. Gracias a ellas puedo recogerlos en la puerta de su casa y dejarlos de nuevo allí sin que se vean obligados a caminar un buen trecho, cosa cada vez más complicada. Premonitoriamente esta tarde, al llevar a mi padre a casa de regreso de la visita a un médico, comentábamos las veces que había peleado aquello hace muchos años y lo bien que nos venía ahora.

Pues bien, en cuestión de poco más de diez minutos, mientras acompañaba a mi padre a subir la escalera de un quinto piso sin ascensor, el alma caritativa de algún vecino justiciero ha avisado a la policía municipal, que por cierto ha llegado muy rápido, de manera que al bajar después de dar un beso a mi madre y despedirme de los dos, me he encontrado a dos agentes clavándome una multa por estacionar en un lugar donde no está permitido.

Ya... ya sé que las normas están para cumplirlas y que debo asumir las consecuencias. Lo sé y así lo hago, pero no puedo dejar de pensar en el dinero que llevo gastado sin rechistar, como el resto de personas que transitamos esa invivible ciudad llamada Madrid, en aparcamientos y zonas varias, verdes y azules, cada vez que oso acercarme a un hospital, servicio de urgencias o centro de salud, mientras nos roban a manos llenas. Sin contar lo incómodo, desagradable y hasta inhumano que resulta tener que estar pendiente de donde has dejado el coche cuando tu situación familiar no es la más agradable posible. De verdad, ¿nadie se ha planteado una solución para eso? ¿no les da vergüenza? Por no hablar de la cuadriculada profesionalidad de los dos jóvenes agentes que me han multado y que, según sus palabras, han comprendido perfectamente mi situación pero no han tenido más remedio que hacerlo porque alguien, muy bien intencionado por cierto y que probablemente sea un vecino que conoce bien nuestra situación, les había avisado de que mi coche estaba allí estacionado. En un descampado, al final de una vía reservada para emergencias y donde no molestaba absolutamente a nadie. Eso sí, tengo que darles las gracias porque después de mis explicaciones, en vez de gravarme con doscientos euros, solamente lo han hecho con noventa. 

Bueno, sólo es un desahogo pero me sirve para decir que cada vez detesto más el mundo tan feo que estamos haciendo.