Me he hecho mayor. No solo porque hace poco tiempo haya cumplido sesenta años, que se dice pronto. Además, y sobre todo, he perdido ese lugar privilegiado que significaba ser el niño de la familia. De golpe y porrazo ya no queda nadie que me llame así y cuesta acostumbrarse. Uno se iba escapando como podía del uniforme de adulto a pesar de ser marido y padre de tres mujeres de peso, en el más amplio sentido de la palabra. Y de tener una edad, claro.
Pero ya no hay escapatoria, así que intento cada día prepararme para la vida que queda. Seguro me deparará experiencias maravillosas pero, inevitablemente, la viviré como alguien nuevo, diferente.
Quizás ya lo traía de fábrica pero a pesar de ser el pequeño de la familia desde siempre me tocó el papel de sensato, maduro, de "niño bueno". ¡Un plasta, vamos! Algo que he arrastrado hasta ahora. Y contra ese niño continúo peleándome e intentando decirle adiós todos los días por supervivencia, por salud mental y hasta por consejo facultativo. Debo dejarle atrás y crecer, esa palabra que tanto aterraba a Peter Pan...y a mí.
La vida nos va llevando y ya no hay alternativa, tengo que dar la bienvenida al Carlos adulto y decir adiós a Carlitos, el crío que ya creció y aunque anda desorientado debe descubrir que de la misma forma que fue un niño mayor a lo mejor ahora puede ser un adulto joven. Solo hay que soñar.
"No dejes nunca de soñar. Solo quien sueña aprende a volar"
James Mattheuw Barrie

En el camino espero acompañarte y quizá ahora aprendas a disfrutar de ser el hermano mayor. No te daré mucha guerra, que ya sabes que, como tú, me ha tocado hacer del niño responsable de la casa. Adelante con el Carlos adulto
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