Dicen que hay que tirar lastre para seguir el trayecto que nos quede con la mayor ligereza posible y estoy acuerdo, pero si nos olvidamos de los que fueron y como transitaron por la vida nunca podremos saber quienes somos nosotros. Y no saber quién eres te lleva a andar perdido, sin faro.
¿Deberíamos dar un portazo al pasado y dejar marchar lo viejo para dar la bienvenida a lo nuevo? Quizás sí, pero nunca deberíamos arrinconar lo que guardamos en el corazón.
En estos días en los que se ha echado sin contemplaciones a una señora con ochenta y siete años de la casa donde ha vivido prácticamente toda su vida, después de que se vendiera con ella dentro, uno se plantea qué tipo de mundo habita y con qué gente nos codeamos cada vez que salimos a la calle. No es la única, ocurre todos los días, pero ha sido la espita de un movimiento de denuncia popular que está haciendo tambalearse nuestros cimientos políticos y sociales.
Según la psicología, la casa somos nosotros mismos; nuestro mundo interior, deseos y emociones. No hace falta que diga que las casas en las que hemos vivido no son solamente ladrillos y objetos, sobre todo si son valiosos... Las baratijas no cuentan, claro.
¿Cómo se inventaría el cariño, la cama de tu cuarto de adolescente, los álbumes de cromos, la última vez que tu padre te cantó el cumpleaños feliz, el patinete que te construyó, tus dibujos de niño, tu primer tocadiscos o los ratos que pasaba tu madre cogiendo el bajo de tus pantalones en la máquina de coser mientras jugabas en el suelo a los indios y los americanos con tu fuerte de madera? Es más...¿Cómo inventariamos ese mismo fuerte de madera o la Singer de tu madre?
Ha sido una crueldad innecesaria del destino que me haya hecho hacer un inventario antes de despedirme de la casa donde nací y donde mis padres pasaron sus últimos días. También una falta de respeto muy grande hacia ellos. Y todavía ha habido más... No lo merecían.
"No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta..."
M.H.
Octubre de 2026

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