miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA SOLEDAD DEL MONSTRUO



Caminó por el pasillo que conducía a su camerino y los pies le pesaban más de la cuenta. Pensó que nunca terminaría de acostumbrarse a aquellos pesados zapatos.

El rodaje se le estaba haciendo interminable. El día había amanecido nublado y a las seis, cuando lo recogió en su casa el coche de producción, casi no tuvo fuerzas. Aquellos ojos profundos, que tan bien le iban al personaje, no tendrían que expresar más inquietud ni soledad que la que él mismo sentía.

Es cierto que había tenido mucha suerte pero no lo es menos que era un gran actor, ¡qué narices! Cualquier aficionado no habría sido capaz de dar a su personaje lo mismo que él. Todos esos matices que lo habían convertido en una estrella. Soñaba con que le contrataran para una comedia, o para un melodrama… Pero no, insistían una y otra vez en lo mismo.

La angustia se le hacía insoportable y, cuanto más sufría, mayor era su criatura.

Pensó en su infancia en Londres, en su madre muerta demasiado pronto, en su pasado como actor de teatro… Todo se mezclaba en su interior con tanta fuerza, los recuerdos eran tan vívidos, tan potentes, que se dejó llevar lejos, muy lejos de aquel estudio y de aquella maldita película.

Recordó la mañana en que vio por primera vez a aquella mujer que no era como las demás. Diferente a cualquier otra que hubiera conocido hasta ese momento. Su presencia le sobrecogió de tal modo que nunca conseguiría olvidar las mariposas que le revolotearon en el estómago. Se miraron e inmediatamente supieron que estaban hechos el uno para el otro, y que nada, por muy poderoso que fuera, conseguiría separarles nunca. Luego vino lo demás… una historia de amor que trascendió lo humanamente razonable.

No conseguiría olvidar a Elsa mientras viviera. ¿Y después?

Toc, toc… Dos golpes secos sonaron en la puerta del camerino. Señor Karloff, a plató en cinco minutos.

Dos lágrimas salieron de sus ojos y bajaron por su cara arrastrando el espeso maquillaje.

Boris lloró durante largo rato.



Carlos San José

Mayo de 2016



lunes, 29 de agosto de 2016

EUGENIA ALVEAR



Para mí, "la señá Uge".


Conocimos a Uge hace ya muchos años. Parece mentira lo rápido que ha pasado el tiempo. Ella pertenecía, casi militaba, a una asociación naturalista, y organizó en nuestro barrio un taller de naturaleza al que apuntamos a Lucía, muy pequeñita, junto a algunos amigos. Desde el principio intuimos que con ella iba a aprender muchas cosas de esas que no se enseñan en el colegio. Y así fue. 

Desde que empecé a tratar con ella, supe que seríamos amigos. Es de esa especie de personas que, por alguna razón que desconozco, se me dan bien. Nada complaciente con los demás y mucho menos con ella misma. Algo esquiva, muy discreta y poco amiga de halagos fáciles. Yo los llamo duros-blandos. Son esos que bajo una apariencia un poco distante esconden oro de ley. Esos que nunca te fallan.

Algo más tarde se sacó de la manga un campamento de verano diferente y, de nuevo, esta vez ya casi amigos suyos, volvimos a mandar con ella a nuestra hija. El resultado fueron unos días en los que los chavales compartieron experiencias y conocimientos nada frecuentes en los campamentos al uso.

Más adelante Lucía pasó por una etapa algo complicada en el cole. El sistema educativo actual es feroz y la incomprensión y falta de sensibilidad de algunos profesionales puede minar para siempre la autoestima de un niño. Algo nos iluminó y Uge fue nuestra tabla de salvación. Durante años vino a diario a nuestra casa convirtiéndose en alguien cotidiano en nuestra vida. Una de esas pocas personas que te ve en zapatillas. No sólo ayudó, a veces con mucho esfuerzo, a Lucía a aprender a estudiar, a hacer resúmenes, a buscar lo esencial, a hacer trabajos... creo que la ayudó a crecer como persona, a desarrollar una sensibilidad ante determinadas cuestiones que la acompañará toda su vida. Se convirtió, por derecho propio, en una amiga de esas con las que puedes contar en cualquier circunstancia.

Uge no se queda corta, siempre da más de lo que le pides. Y en todo, desde la cosa más pequeña que se proponga, pone su alma. Lo mismo hace un dibujo que cose un traje, te enseña a escribir con pluma o edita un vídeo, te corrige la ortografía o te habla de la reproducción de los sapos corredores. A mí hasta me hizo bloguero. Si leéis todas estas cosas que escribo de vez en cuando, es gracias a ella.

A su lado está Joaquín, maestro entre los maestros, músico, coleccionista de instrumentos, luthier, inventor, genio... Juntos, forman un tándem absolutamente renacentista del que se aprende constantemente.

Como ya he dicho que no es nada complaciente, me imagino la cara que pondrá cuando lea esto. Pensará que soy un exagerado, y su escepticismo y timidez la obligará a creerse la mitad de la mitad. Pero como es una dura-blanda, creo que le hará ilusión y se emocionará un poquito.

Uge ha cumplido años hace unos días. Una cifra redonda. Unos años, aunque ella no lo crea, tremendamente aprovechados, en los que no ha dejado de buscar, y lo seguirá haciendo, porque es una de las personas más jóvenes que conozco. Unos años llenos de curiosidad ante tantas cosas. 

Estas palabras son un pequeño regalo. Pequeñísimo en comparación con todo lo que nos ha dado ella. 

Uge, desde aquí te doy las gracias por ser tan importante para nosotros, gracias por hacer que tu pupila sea tu amiga, gracias por ser mi confidente en tantas ocasiones, gracias por tus consejos, gracias por honrarnos con tu amistad. Gracias por estar en nuestra vida. 






viernes, 22 de julio de 2016

EL ESTILO

Hace unos meses, mi amigo Mariano de Paco me pidió que escribiera algo para la tesis que estaba preparando sobre Marsillach y su manera de dirigir a los clásicos del Siglo de Oro. Ahora, con la tesis leída y publicada, traigo aquí aquellas palabras que escribí. 

Con tu permiso doctor.
 
 

 
 


EL ESTILO
 

Cuando Mariano me preguntó si me apetecía escribir algo sobre Adolfo Marsillach para su tesis me sentí halagado, pero me eché para atrás. No porque no me apeteciera colaborar con él, todo lo contrario. Mucho menos en un trabajo sobre Adolfo y su manera de acercarse a los clásicos del Siglo de Oro, absolutamente necesario en un país tan amnésico como es el nuestro. Si digo que me eché para atrás, me refiero a que no soy ningún entendido en teatro, y me dio pudor.  Me limito a ser un buen aficionado aunque, eso sí, conocí a Marsillach en su salsa durante los años en los que trabajé a su lado en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Lo que realmente me decidió a escribir estas líneas, fue algo que me dijo Mariano. Me habló del estilo de Adolfo al llevar a escena a los clásicos. Le escuché muchas veces pronunciar esa palabra y, modestamente, creo que para él era casi una obsesión conseguir una impronta, un estilo que identificase a la Compañía, como le gustaba llamarla.

Yo todavía no trabajaba con él la primera  vez que vi un montaje suyo sobre un clásico. Ni siquiera le conocía. Se trataba de Antes que todo es mi dama, de Calderón de la Barca, y estaba ambientada en un rodaje cinematográfico en los años treinta del siglo XX. Me quedé completamente fascinado. A pesar de ser una comedia de capa y espada,  por sí misma poseedora de un ritmo endiablado, nunca había sospechado que una obra de esas características podría abordarse de una forma tan original, con un estilo (otra vez) tan diferente a lo que yo había visto hasta ese momento. La propuesta de Adolfo, en estrecha colaboración en la escenografía, el vestuario y la iluminación con Carlos Cytrynowski, me pareció brillante y ¿por qué no decirlo? francamente divertida.

Después acudí muchas veces al Teatro de la Comedia. La Celestina, El vergonzoso en Palacio, El alcalde de Zalamea, La verdad sospechosa…, algunas dirigidas por Adolfo y otras no. Todavía no sospechaba que, al poco tiempo, las circunstancias harían que tuviera la oportunidad de formar parte del equipo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y vivir de cerca los montajes de muchas otras: La gran sultana, Fuente Ovejuna, Don Gil de las calzas verdes, El médico de su honra… y nunca, nunca, me dejaron indiferente. Si como espectador lo pasaba realmente bien, conociendo de cerca la generosa dedicación de Adolfo en la preparación de todas ellas y la impecable gestión de la Compañía, me hicieron disfrutar y conocer, más y mejor, nuestro teatro barroco.

Escuché muchas veces decir a Marsillach que los clásicos no deben estar en los museos, sino en las tablas de los escenarios, y creo que lo que consiguió es perderles un rancio respeto mal entendido que, incluso, le costó la amistad con algún crítico amigo. El inicio de la andadura de la Compañía Nacional de Teatro Clásico fue bastante complicado, debido a la incomprensión hacia unos montajes, audaces y nada pomposos, de unas obras consideradas intocables, y a mí me parece que la trayectoria de la compañía y la asistencia masiva del público demostraron que no estaba equivocado.

Adolfo no trataba de actualizar los clásicos en el sentido literal de la palabra. Nunca se propuso poner a los actores cazadoras de cuero o pantalones vaqueros. Iba más allá. Su intención era hacer interesantes y comprensibles, historias en muchos casos anacrónicas. Si se me permite la expresión, les metió mano a todas esas obras y las sacó de sus hornacinas, desde un profundo amor a los clásicos y, sobre todo, desde un profundo amor al Teatro.
 

Carlos San José
 
2 de octubre de 2015

 


 

lunes, 18 de abril de 2016

EL ÉXITO


 


Recupero una cosa que escribí en 2008 y que creo que enlaza con varias conversaciones que he tenido en estos días con algunos amigos al hilo de diferentes asuntos: la educación, las emociones, la corrupción con la que nos desayunamos todas las mañanas… En fin, sigo pensando lo mismo que cuando lo escribí y me parece que resume lo que opino sobre las miserias entre las que no tenemos más remedio que nadar cada día. Poco ha cambiado el panorama en estos años, excepto en que ya se ve claramente hacia donde conduce tanta brillantez aparente, aunque no estoy muy seguro de que hayamos aprendido la lección.


 

 
EL ÉXITO


Vivimos en la sociedad del éxito. Hablo del éxito económico, claro, y del profesional, como vehículo para lograr la mejor posición económica posible.

 

Lo que, según una encuesta realizada por la Comunidad de Madrid y publicada hoy por el periódico 20 Minutos, nos preocupa más a los padres son las notas de nuestros amados niños. Por encima de todo lo demás. Si se drogan, si sufren acoso en el colegio, si respetan las normas en nuestros hogares –cito textualmente-  nos preocupa, claro, pero que no consigan unas notas que les garanticen ser aptos para la competición en la que les va a tocar batirse, eso sí que nos quita el sueño.

 

Y luego está lo del bilingüismo –tan de moda en estos días de campaña electoral- tan traído y tan llevado. ¿Nos preocupa que nuestros hijos puedan viajar por el mundo sin complejos y con la posibilidad de que se entiendan con el resto del personal?, ¿o realmente, lo que queremos es que queden en un buen lugar cuando les hagan una entrevista de trabajo en una multinacional para optar a algún cargo directivo?

 

¿Qué es el éxito? No quiero imaginarme una sociedad sin artistas, panaderos, carpinteros, artesanos… en la que todos seamos directores de banco. Bilingües, of course.

                                                                                 

20 de febrero de 2008

 
 
 
 
 

 

 

jueves, 10 de septiembre de 2015

MARCO ANTONIO Y CLEOPATRA

No, no somos Marco Antonio y Cleopatra, parafraseando a Karina en aquella cursi canción de los años setenta. Ni falta que nos hace aunque, echándole mucha imaginación, podríamos encontrar alguna similitud. Yo, aunque presumo de pacifista, tengo un espíritu guerrero ante la vida que me salva de esa imagen de niño bueno de la que no consigo escapar a pesar de los años. Ella no es la reina del Nilo pero su tenacidad y una personalidad fuerte, brillante e independiente, atrae como un imán, desde siempre y sin que lo pretenda, las miradas de muchas de las personas que se le cruzan en el camino.
El pasado sábado nos convertimos en un centurión romano y una reina egipcia de guardarropía, para asistir a la fiesta de cumpleaños de una de nuestras mejores y más cercanas amigas, y nos encontramos con la sorpresa de la celebración de nuestros propios cincuenta años. ¡Que grande suena esa cifra! Elena los cumplió en agosto y a mí me falta un cuarto de hora, en diciembre.
Para nosotros,  las palabras amigos y familia, tanto monta, van inevitablemente unidas. No sabemos donde acaba una y donde empieza la otra. Nuestra familia, nuestros amigos de toda la vida y los que nos hemos ido encontrando hasta la fecha,  aunque se diría que estuvieron siempre a nuestro lado, se compincharon hace tiempo para regalarnos una fiesta que recordaremos siempre. Una fiesta entrañable, disparatada, intensa y un poco excesiva, como nosotros mismos. No podremos olvidar las palabras, el desfile, la genialidad, los bailes, el cariño, la emoción, las risas, los abrazos,  los besos... No estaban todos los que son, pero sí son todos los que estaban.
Hoy me ha dado por las canciones, y recordando las hermosas palabras de otra que cantaba Pablo Milanés hace muchos años, el tiempo, el implacable, el que pasó... solo una huella triste nos dejó, tengo que decir que en nuestro caso, los cincuenta años no nos dejaron una huella triste, sino todo lo contrario. Nos dejaron fantásticos recuerdos y, sobre todo, nos han permitido disfrutar de una serie de personas maravillosas y únicas. Somos unos grandes afortunados por teneros cerca.
Os lo he dicho y lo repito. Muchas gracias a todos y cada uno de vosotros. Nuestra vida no sería la misma si no estuvierais en ella.



viernes, 10 de abril de 2015

CONOCIMIENTOS Y DESTREZAS

Desde hace algunos años, los responsables de educación de la Comunidad de Madrid nos obsequian con la impagable posibilidad de conocer el nivel educativo de los colegios e institutos públicos, privados y concertados, en los que estudian nuestros hijos, mediante una prueba realizada en todos los centros de la región: la Prueba C.D.I. (Prueba de Conocimientos y Destrezas Indispensables). Se trata de una serie de exámenes en los que los chavales de determinados cursos, una vez más, deben demostrar sus conocimientos. Posteriormente, se elaboran unas listas y unas estadísticas que se publican a bombo y platillo, y en donde queda muy claro, faltaría más, cuales son los colegios e institutos más recomendables, más brillantes, "de más nivel". Esas escuelas donde cualquier familia responsable no debería dudar en llevar a sus hijos. El gozo de los padres y madres agraciados con el gordo y los primeros premios de esta lotería es infinito, como enorme es la decepción y el pesar de los que mandan a sus niños a esos coles cutres que no consiguen ni siquiera la pedrea.


Por pura educación, respeto la importancia que pueda tener para alguien la mencionada prueba C.D.I., pero no la comparto en absoluto. Ni mucho menos quiero que mis hijas formen parte de ninguna estadística sin que, por lo menos, me pregunten si estoy de acuerdo en ello. Es obligatoria. Todos deben someterse a ella, sí o sí. ¿Por qué?


Mis hijas no han hecho nunca ese examen. Bajo nuestra responsabilidad no han asistido a clase en los días en que se llevaba a cabo dicha prueba y, simplemente, hemos justificado su falta aludiendo motivos de malestar, gripe, catarro, o cualquier otro pretexto que tranquilizase  a los responsables de cara a la tan temida inspección, aunque siempre supieron los auténticos motivos. Y ahí había quedado la cosa.


La próxima semana Lucía se tiene que examinar de la prueba C.D.I. por primera vez desde que dio el paso de la educación primaria al instituto. Y por primera vez, nos hemos adelantado escribiendo una nota en la que anunciamos que nuestra hija no se va a examinar, y en la que explicamos nuestros motivos. Comprendo que nuestra tozudez pueda resultar incómoda algunas veces pero desde luego no creo que nada, importante o no, dependa de que una alumna haga la dichosa prueba o no la haga.


Esta mañana he recibido la cordial y amable llamada de la directora del instituto, en la que en medio de una cordial y amable conversación, me ha hecho saber las trascendencia de nuestra decisión. Le agradezco de verdad, su interés y la atención prestada a nuestra hija, pero no puedo dejar de sentir una gran indefensión y una enorme sensación de falta de libertad, al enterarme, no sólo  de que la prueba es obligatoria, cosa que ya conocía, sino que en este instituto su calificación está incluida en la programación anual del centro y formará parte de la media resultante de las notas del resto de exámenes, innumerables, de la evaluación y del curso. De manera que debemos asumir, de nuevo sí o sí, que el hecho de que no se haga puede ser perjudicial. Además, también debemos asumir que la inspección se interese por el asunto. Me ha explicado los motivos que llevaron al instituto a tomar esta decisión. Los alumnos no se toman en serio la prueba si la nota obtenida no cuenta, así como que muchos padres de niños con buenas calificaciones  consideran injusto que esas calificaciones "no sirvan para nada". Eso sí, todo en nombre de la calidad de la educación pública, puesto que consideran que si se prepara y se realiza la prueba se demuestra que el nivel de nuestros centros públicos nada tiene que envidiar al de los privados y concertados. 


Que complicado ¿no? Sobre todo, cuando lo que uno modestamente considera y desea para sus hijas es que acudan al colegio y al instituto a formarse, a relacionarse, a crecer como personas libres, independientes, colaboradoras y buenas. Cuando uno cree que la educación, en ningún caso, debe ser competitiva. Cuando uno ya sabe que no es más brillante, ni más feliz, ni mejor en definitiva, quien llega primero. Cuando uno quisiera que sus hijas adquiriesen interés por aprender y no por aprobar exámenes. 


Sigamos sobrevalorando los exámenes, las notas y las clasificaciones como si de una carrera de obstáculos se tratase, y seguiremos teniendo personas brillantes y preparadas que no han leído un libro en su vida. 


Mi hija, que es menor, deberá asumir y pagar las consecuencias de esta chifladura de sus padres. No sería la primera vez. Y nosotros, aunque todavía no sabemos la decisión que tomaremos con respecto a tan trascendente e importante prueba, asumiremos, como siempre, las consecuencias de ser, otra vez (que aburrimiento), una piedrecita pequeña en un engranaje que no nos gusta.  Lo asumiremos y lo aceptaremos, pero no me hablen de la inspección. Soy un particular. Son sus jefes pero no los míos.


Y mucho menos me hablen de defender la educación pública. Eso se hace de otras maneras.


Francisco Giner de Los Ríos

lunes, 21 de julio de 2014

ADOLFO MARSILLACH

 

Me topo con Blanca en la Plaza del Rey. Hacía muchos años que no nos veíamos. ¿Sabes quien soy, no? Claro, claro...¿cómo no?, qué gusto verte. ¿Cómo estás? Bien, bien...¿y tú? Bien, tirando... ¡Que sorpresa! Hasta pronto. Adiós.

 

Ese encuentro fortuito y el torrente de imágenes y recuerdos que trae consigo, hace que me decida a algo que he intentado en varias ocasiones y no he conseguido. Me cuesta pero se lo debo. Escribir sobre Adolfo.

 

PRIMERA DESPEDIDA. El ministerio.

 

Si la inteligencia, el buen gusto, la honestidad, el ingenio y el talento tuvieran un nombre, sería el suyo. Le conocí y comencé a trabajar con él de una forma absolutamente casual y gracias, como ya conté en una ocasión, a Salbi . Estaba en un medio que no era el suyo y en el que duró poco tiempo. Las responsabilidades ministeriales y políticas no están hechas para un artista. Cuando, después de poco más de año y medio, dimitió de su cargo como director general del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, al comprobar que no era nada fácil intentar hacer cambiar las cosas, yo ya tenía la suerte de tratarle y de haber compartido alguna conversación con él. Eso sí, con la distancia lógica que puede haber entre un chaval de veintitantos años y un hombre importante, famoso y respetado.

 

Recordaré siempre las palabras que me dijo el día que salió de su despacho por última vez: No me olvidaré de ti, tienes mi teléfono y sabes donde vivo. Ahí estoy para lo que quieras.

 

SEGUNDA DESPEDIDA. La Compañía Nacional de Teatro Clásico.

 

Cumplió su palabra, siempre lo hacía. Aproximadamente un año y medio después fue nombrado director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que él mismo había creado y dirigido años antes, y no se olvidó de mí. Con bastante susto recibí su ofrecimiento para ser su secretario particular en aquella andadura. La inseguridad que siempre me acompaña tuvo que vérselas en varias ocasiones con su tozudez. Parece que lo tenía bastante claro y lo consiguió. Claro que me halagaba y me apetecía trabajar con él, ¿cómo no?, pero no estaba nada seguro de poder y saber estar a la altura de esa circunstancia. Después de tanto tiempo puedo decir que finalmente acepté y comencé a trabajar con él con el convencimiento de que iba a durar poco tiempo en ese trabajo. Sinceramente, pensaba que al mes y medio me devolvería al ministerio pero por lo menos me serviría de experiencia.

 

Nada más lejos. A las pocas semanas, un día, mientras repasábamos la correspondencia o planificábamos lo que había que hacer, me pidió que le acercara la cartera que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta, colgada en el perchero. Al hacerlo, le comenté lo bonita que era. Cuando llegué a la oficina la mañana siguiente, se me había adelantado. Encima de mi mesa me encontré un bonito paquete con el anagrama de una marca muy cara, con un cartelito en el que estaba escrito mi nombre. Lo abrí y me encontré una cartera exactamente igual a la suya. Y dentro, su tarjeta con una frase escrita: Me gusta mucho trabajar contigo.

Nunca le agradeceré lo suficiente ese reconocimiento durante el tiempo que trabajamos juntos. Tuvo conmigo algo que solamente tienen los grandes, esas personas diferentes que no tienen que andar demostrando constantemente que son genios, sencillamente porque lo son: la generosidad de hacerme  sentir importante, parte fundamental de lo que nos traíamos entre manos. Que te ocurra eso siendo tan joven es un arma de doble filo. Es una grandísima suerte pero hace que cualquier comparación resulte odiosa. 

 

Pasaron los años, aprendí muchísimo, conocí a un montón de personas interesantes... y llegó el final. Él gobierno cambió de signo y la lealtad a sus principios, esa cosa tan poco común en nuestros días, hizo que tuviera que salir de una manera poco airosa de su Compañía Nacional de Teatro Clásico. Le hubiera resultado muy fácil continuar, dorar la píldora a los prepotentes ganadores que le dieron la oportunidad pública de alinearse a su lado. Pero no lo hizo. Asistí como testigo silencioso y lo más discreto que me fue posible a la traición de muchos. El teléfono dejó de sonar y todos aquellos meapilas que sólo unos meses antes se morían por presumir de su amistad, desaparecieron como por arte de magia. Además, durante aquellos agónicos meses, la enfermedad se alió con los traidores.

 

Nunca podré olvidar la última vez que, de nuevo, salió por la puerta de su despacho. Se volvió, miró a su alrededor y la cerró.

 

TERCERA DESPEDIDA. La vida.

No tuve la suerte de asistir a su Marat Sade, ni de ver su Sócrates ni su Tartufo. Era un niño en aquellos años. Sí, claro, sé lo que supusieron todos aquellos montajes teatrales y otros, en aquellos años en los que no era fácil reivindicar una serie de cosas y había que jugársela, con todas las letras. Lo que me tocó junto a él en el teatro fue escuchar los versos de Calderón, Lope, Cervantes, Moliere... y, desde luego, disfrutar asistiendo a la transformación de aquellas palabras en muchos casos rimbombantes, en escenas luminosas, divertidas o terribles, gracias a la varita mágica de su talento.

 

En cualquier caso, lo que me ha dejado haberle conocido es algo mucho más hondo. Haber disfrutado de su amistad. Una amistad que creció una vez terminada nuestra relación laboral. Era un hombre de pocos amigos y por eso me enorgullezco doblemente de poderme considerar uno de ellos.

 

¿Cómo olvidar la semana en El Escorial cuando volvió a confiar en mí en la organización de un curso de verano que él dirigía?, ¿Cómo olvidar los días que pasamos Elena y yo en su preciosa casa de Jávea junto a él y Merceditas?, ¿Cómo olvidar aquel baño de los cuatro después de cenar en la piscina iluminada por los focos? ¡Cómo en Hollywood!, ¿Cómo olvidar una tarde, ya muy enfermo, en la que Mercedes, que no le dejaba ni a sol ni a sombra, tuvo que asistir por insistencia suya a la lectura de una de sus obras, y me pidió que le acompañara durante su ausencia porque no quería dejarle sólo?

 

Fueron unas horas intensas en las que charlamos de lo divino y lo humano, y en las que me contó muchas de las cosas que le pasaban por la cabeza. Me habló de su padre, de su mujer, de sus hijas, del teatro... Me dio una autentica lección magistral sobre la vida que llevaré conmigo para siempre. Los dos sabíamos que se moría. Al poco tiempo, no sé exactamente cuanto, salía de mi trabajo y sonó mi teléfono. Era Salbi. No necesité que me contara el motivo de su llamada.

 

Han pasado los años, once creo, y no consigo desprenderme de su recuerdo. Ni quiero. Como dije al principio, se lo debía.