martes, 28 de junio de 2022

DIANA GARCÍA Y DAVID SERRANO

 

No soy muy de bodas pero la verdad es que esta no es cualquier boda. Hoy es un día muy especial porque se casan Diana y David.

Tengo que agradecer a la vida y a sus padres que me dieran esta sobrina que nunca he sabido muy bien si era eso, mi sobrina, mi hermana pequeña o mi hija mayor. Yo la siento como todas esas cosas y no puedo separar una de otra. El grado de confianza y conexión es tan grande que me parece que no nos hace falta ni hablar para que sepamos de qué pie cojea el otro y lo que está pensando. ¿Qué más decir de ella? Creo que sobran todas las palabras. Quien nos conoce bien sabe lo que nos queremos y lo que siento por ella. Mucho cariño, mucha confianza y mucho agradecimiento por tantísimas cosas.

David. Nada más conocerle supe que era la pareja perfecta para Diana. Lo primero porque es una gran, grandísima, persona. Y así se lo he dicho a ella muchísimas veces. No se puede separar eso de todo lo demás. Se preocupa por los que le rodean de una manera discreta, sin golpes de pecho. Lo sé por propia experiencia. Además creo que como pareja es comprometido, comprensivo y cariñoso. Y sé, me consta, que es un padre excepcional.

Unen, entre los dos, los elementos necesarios para que su vida en común sea bonita, larga y fructífera. Se quieren y se respetan. Nada más es necesario. Bueno sí, algo más. Algo muy importante que se llama María. No digo más.

Hay un poema de Mario Benedetti muy conocido que me gusta mucho y les voy a leer. En él están las claves de lo que creo que no se puede olvidar en un día como este y en una vida en común.

Os quiero mucho.

Carlos San José

24 de junio de 2022

 

Hagamos un trato


Compañera, usted sabe que puede contar conmigo,

no hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo

Si alguna vez advierte que la miro a los ojos

y una veta de amor reconoce en los míos

no alerte sus fusiles, ni piense: ¡qué delirio!

a pesar de la veta, o tal vez porque existe

usted puede contar conmigo

Si otras veces me encuentra huraño, sin motivo,

no piense que es flojera, igual puede contar conmigo.

Pero hagamos un trato:

yo quisiera contar con usted

es tan lindo saber que usted existe

uno se siente vivo

Y cuando digo esto, quiero decir contar

aunque sea hasta dos, aunque sea hasta cinco

no ya para que acuda, presurosa en mi auxilio

sino para saber, a ciencia cierta, que usted sabe

que puede contar conmigo.


Mario Benedetti


lunes, 27 de diciembre de 2021

UN MUNDO FELIZ

Hace unos meses una de mis hijas tuvo Covid, afortunadamente sin consecuencias. En aquella ocasión tuvimos un seguimiento permanente toda la familia y automáticamente, sin solicitarla, nos pusieron de baja a todos, ella y los que convivimos con ella. Además, por supuesto, de confinarnos diez días a toda la familia.

Ahora Elena y yo, desde ayer y hoy somos positivos. Estamos bien, aunque como si nos hubiera pasado un camión por encima. 
Después de hacer todas las llamadas y gestiones que indica el protocolo, nos encontramos con que: 

1) No nos hacen PCR. Se da por "bueno" el test de antígenos que cada uno de nosotros, transformado en personal sanitario, nos hemos hecho en nuestra casa.

2) No es necesario que el resto de los convivientes guarden confinamiento. De manera que se puede andar libremente por ahí, eso sí, consumiendo como locos en las grandes superficies y abarrotando los bares, que para eso es Navidad. 

3) Al preguntar por la baja laboral, una pobre trabajadora de la Consejería de Sanidad me indica cómo puede que eso depende del enfermo. Hay algunos que quieren baja y otros que no. Al decirle que justamente hoy comienzan mis días libres que he guardado a lo largo del año, me dice que entonces lo que quiero es no quedarme sin vacaciones. Digo lo de pobre trabajadora porque no encontraba la manera de explicarme semejante disparate. Muy amable me ha dicho que me entendía, cuando le he contestado que no creía que eso dependiera del enfermo y que me figuraba que habría un protocolo y una legislación para ello. Nuevamente, la pobre, me ha explicado que no y que dependía del paciente, que había gente que no quería dejar de trabajar...lo de siempre, los demás unos vagos. 
Las vacaciones me importan un pimiento. Quiero estar bien y que todos, los míos y los que no lo son, también lo estén. Estoy tan perplejo ante la falta de sentido común y de vergüenza, que me he lanzado a contarlo.

Que cada uno juzgue lo que considere.

¿El futuro era esto? Pues vaya mierda, con perdón.

 ¡Somos libres, por fin!



martes, 1 de junio de 2021

OLIVIA SAN JOSÉ ARROYO

Dieciocho. Olivia, mi hija pequeña cumple hoy dieciocho años. Esa niña que no quería hacerse mayor y a la que no le queda más remedio que crecer por mucho que se resista. 

 A los que me conocen ya les he contado muchas veces que cuando Olivia era muy pequeñita, casi recién nacida, nos miraba a su madre y a mí con unos ojos profundos en los que uno indagaba intentando descifrar el enigma de una sabiduría milenaria. Tan inquietante era su mirada que yo le preguntaba de donde había venido. Y así sigue, dando la sensación a quienes la rodeamos de que tiene explicación y respuesta para todo, aunque a veces la fragilidad que esconde celosamente bajo su coraza le juegue malas pasadas y sienta que el mundo se le echa encima. 

 Olivia sabe muy bien lo que quiere o, mejor dicho, sabe lo que no quiere. No quiere transigir con lo que no va con ella, no quiere hacer paripés de esos a los que todos en algunos momentos tenemos que rendirnos, no quiere que nadie tome decisiones que a ella le corresponden… Estrena su mayoría de edad con un carácter y una independencia forjados con los miles de preguntas que se hace cada día y con una personalidad nada complaciente que hará que siempre busque y que no se conforme. Casi nada.

 Aparte de todo eso, Olivia es mi gemela. Se reirá cuando lea esto y dirá: papaaaá… pero sabe que es así. Como sabe lo que pienso, igual que yo sé lo que piensa ella, sin apenas mediar palabra entre nosotros. Es un lazo tejido desde aquel primer día en que la miré a los ojos y me perdí en ese laberinto de conocimiento del que todavía no he salido. 

Mi cómplice, eso es Olivia. Nada más y nada menos. 

 2 de junio de 2021



domingo, 10 de enero de 2021

LA NIEVE

Hace un día radiante. Carlitos, un niño de unos cuatro o cinco años, va cogido de la mano de su madre camino del mercado. Ella, con paciencia infinita, va aguantando el chaparrón de la pataleta del chaval que, como si lo llevaran al practicante, llora desconsolado. ¡Quiero que nieve!, ¡quiero que nieve!, repite una y otra vez. Al niño le encanta la nieve y no entiende que las personas no podamos controlar los fenómenos meteorológicos a nuestro antojo. 

El tal Carlitos era yo. La verdad es que no me acuerdo de aquel episodio si no fuera porque el hijo de la señora Concha, un borrachín simpático con los carrillos colorados que vivía en un primer piso al final de mi calle, me lo recordaba cada vez que me veía, ya mayor. Él estaba asomado a su ventana aquella mañana de mi infancia y fue testigo de mi monumental berrinche que nunca olvidó por la gracia que le hizo. Además, es una historia que mis padres me cuentan cada vez que hay un mínimo indicio de que va a nevar; como la niebla que había el día que nací, recordada invariablemente por mi familia cada cumpleaños. 

No hace falta que diga que ayer cayó en Madrid una nevada de campeonato. Una nevada que nos dejó indefensos ante la naturaleza una vez más. No sé qué necesitamos los seres humanos para aceptar lo pequeños que somos a pesar de nuestra prepotencia. No podemos hacer que nieve a nuestro antojo, como quería Carlitos, pero tampoco podemos evitarlo. Como no pudimos ni podemos evitar que un virus esté campando a sus anchas por el mundo con unas consecuencias devastadoras. Las personitas que habitamos el primer mundo, este mundo globalizado y consumista que cree que puede con todo, perdemos los nervios y nos aterrorizamos al comprobar que a pesar de la multitud de sofisticados medicamentos, productos de higiene y belleza, cremas para todo tipo de pieles, ropa de nieve, esquíes, raquetas, automóviles, televisiones, ordenadores, barómetros, higrómetros, pluviómetros, nivómetros, etc. etc., nuestra vida diaria cambia si la naturaleza o un virus así lo deciden. La solución no se compra inmediatamente en el supermercado; ni siquiera, y a pesar  de preverlo, somos capaces de organizar una serie de medidas que impida que nos quedemos tirados en las carreteras o confinados en nuestras casas. Para eso haría falta un mínimo de sensatez.  Por no hablar de aquellos que se tienen que enfrentar a todo esto viviendo en la calle o sin luz y calefacción, como está ocurriendo en estos días en la Cañada Real Galiana. Nos sobra soberbia y nos falta corazón. 

Como digo, cada vez que nieva en Madrid me narran la historia del caprichoso niño Carlitos. Además, mi padre recuerda un poema que le gusta mucho de un poeta español bastante desconocido, como todos por otra parte, Emilio Carrere. Dice así: 

Temblaba su mano breve 
de blanca y sedeña piel. 
"¡Qué bonita cae la nieve... 
y qué cruel!".







martes, 29 de septiembre de 2020

TREINTA Y DOS PARRAS

El pasado 24 de agosto hizo setenta y seis años que La Nueve, división de ciento cincuenta republicanos españoles, inició la entrada de las tropas aliadas que liberaron la capital francesa de los nazis. Algunos medios de comunicación recordaron la efemérides y hablaron de ello. Pocos, que ellos ya están para “Sálvames” y pseudo-tertulias políticas que son como “Sálvames". Al hilo de eso, mi padre me comentaba: Me da envidia la gente que vio entrar los tanques españoles liberando París. Yo vi a los otros entrando en Madrid.

Luisito cumple hoy noventa años y, si doy la vuelta a los números, me pongo en los casi nueve años, otra vez nueve, que tenía cuando vio pasar por la calle López de Hoyos a las tropas vencedoras junto a su hermano Alfredo, que había ido a buscarle al colegio con un racimo de uvas como cada día. Terminó la guerra y, con ella, perdió un montón de sueños y paraísos que nunca desalojaron su cabeza ni su corazón, como les pasó a muchísimos niños y niñas de esa generación. La generación estafada, que dice él. Nunca más pudo volver a contar las parras, treinta y dos, que escoltaban el camino que conducía a su casa desde la cancela del jardín; nunca más pudo ver cada mañana a su hermano Daniel abriendo el telégrafo de la oficina comunicando por morse con Cibeles; nunca más vio a Alfredo ducharse con una vieja regadera colgada de un árbol; nunca más jugó con Manolo, su amigo del alma, encima de las baldosas amontonadas detrás de la casa; nunca más pudo ondear la bandera del Hogar. Nunca más.

Los años pasaron y, como es un optimista militante, nada ha podido con él ni con su sonrisa. Ni la grisura de sus años de juventud, en un país y una sociedad mojigata, ni las mil peripecias y dificultades que han ido rodeando su vida. Cuando tenía dieciséis años, Maruja, la hermana de su amigo Carlos, le presento a Ale, la chica más guapa y vergonzosa de la calle Mantuano. A él, que era un chulín. Casi nada, Luis San José, con su corbatita y su cuello subido recitando versos a la primera que se pusiera delante. Desde entonces están juntos. Y juntos han vivido tantas cosas como caben en sesenta y cuatro años. Y más. Para dar y regalar. Marisa, Reyes, Carlitos y todo lo que vino después.

Ha tenido mil oficios y todos los ha hecho con alegría. Chico de tienda en “La favorita”, desde donde llevaba las camisas hechas a medida al Teatro María Guerrero, una premonición, a Don Huberto Pérez de la Osa, su director en los cuarenta; fundidor junto a su hermano, todavía recuerda con precisión cada paso de las cajas, la arena de albero y el crisol; las tiendas… ¡ay, las tiendas! Cómo trabajó, disfrutó y sufrió a partes iguales. Nadie atendió nunca mejor que él a las clientas -digo a las clientas porque a una tienda de ropa de niños y mercería, en aquellos años, no entraban más que mujeres-, ni puso escaparates tan bonitos como los suyos. Pero la vida es perra y la generosidad de mi padre no casa bien con el comercio, para el que hay que ser un poco fenicio. Después, Copiadux, la tele, figuración en “La señora García se confiesa”, otra premonición, y tantas otras… él, que podría haber sido un grandísimo actor, ¡hasta binguero! Sabe muy bien, mejor que nadie, que ser trabajador es una actitud ante la vida, que uno trabaja desde que pone un pie en el suelo al levantarse por la mañana.

Es un orgullo ser su hijo pero, sobre todo, una suerte. No ha sido un padre al uso como no ha sido un hombre al uso. Creo sinceramente que ha mejorado a cada persona que se ha cruzado en su camino. O, por lo menos, le ha hecho la vida más agradable.  Pero esa actitud de beberse la vida y disfrutar cada día de las pequeñas cosas, porque sabe que son las que importan, no le impide llamar al pan, pan y al vino, vino; no le impide cabrearse ante las injusticias; no le impide decir lo que piensa; no le impide ser la persona más joven, más honesta y con una de las mentes más claras que he conocido.

Sabe y nos ha enseñado tanto… Siempre al día, pendiente de lo que pasa en el mundo e indignado por eso mismo.

Podría estar escribiendo días enteros y nunca conseguiría contar todo lo que es Luisito, Luis, mi padre. La familia, los amigos y cualquiera que le conozca, lo sabe. Hoy cumple noventa años y somos unos afortunados por tener la suerte de poder seguir  escuchándole, aprendiendo de su sabiduría, su cultura y su sentido del humor. Y tiene cuerda para rato porque nos ha confesado que ha firmado un contrato hasta los cien y, como está hecho con muy buenos materiales, piensa cumplirlo.

Y encima, a los noventa, te has reinventado como cocinero. No paras de sorprenderme papá.

 

29 de septiembre de 2020

 
 
 

jueves, 28 de mayo de 2020

DE SIMIOS, PANDEMIAS Y MÁQUINAS DEL TIEMPO

Debía tener ocho o nueve años cuando vi por primera vez, en programa doble, las películas El planeta de los simios y El tiempo en sus manos, con el tiempo dos clásicos de la ciencia ficción. Fue en el cine Aragón que con los años fue convertido en multisalas hasta llegar a su desaparición como tantos otros. Este cine estaba muy cerca de mi barrio, razón por la que un montón de chavales vecinos fuimos en panda con varias de nuestras madres. Esto se hacía con frecuencia en aquellos años y  para nosotros era todo un acontecimiento. Me estoy viendo subiendo nervioso las escaleras del gallinero, con la película empezada y Charlton Heston, vestido de astronauta, en la pantalla. No sospechaba en ese momento que esas dos películas me acompañarían para siempre.

El planeta de los simios es la adaptación al cine de una novela del escritor francés Pierre Boulle y en ella se muestra de forma impactante la vida en un planeta en el que los monos han evolucionado de manera muy superior a los seres humanos, siendo estos considerados y tratados como "animales" a su servicio. El tiempo en sus manos también está basada en una novela, La máquina del tiempo de H.G. Wells, y cuenta los viajes a través del tiempo de un caballero inglés a bordo de una pintoresca máquina de su invención. Ambas son películas de aventuras, con ritmo trepidante y capaces de atrapar a un público  juvenil; al de los setenta... aunque me atrevo a decir que también al de ahora ya que  han tenido, y siguen teniendo, infinidad de versiones y secuelas que hacen suponer que nunca se cerrará el grifo. Sin embargo, a pesar de su aparente ligereza, las dos tienen un regalo envenenado: enseñarnos el siniestro futuro de nuestro mundo si nosotros, las personas que lo habíamos, no cambiamos de actitud con respecto a nuestro planeta y a nosotros mismos. Son dos películas llenas de paralelismos que cuentan la misma historia; la de una humanidad, la nuestra, degradada hasta la máxima expresión. 

Tuve pesadillas durante años con ellas y las he seguido viendo a lo largo de mi vida infinidad de veces. Nunca se me olvidará la primera vez que aparecen en la pantalla esos enormes simios soldados, montados a caballo, cazando seres humanos y llevándoselos dentro de camiones-jaula, para ser distribuidos entre el zoológico, el museo de historia animal o los experimentos veterinarios. ¿Qué decir del archiconocido y tremendo final en aquella playa bajo la Estatua de la Libertad? De la misma forma que nunca podré borrar de mi mente a los Morloks, esos seres mutantes albinos que sobreviven en un mundo subterráneo alimentándose por cándidos humanos que no son capaces de revelarse ante aquella situación porque hace mucho que dejaron de pensar. Dos visiones poco optimistas del futuro de La Tierra, como resultado de guerras, codicia, epidemias y ambición.

Me había propuesto no escribir nada acerca de la situación por la que atravesamos. Crisis del coronavirus, pandemia... o como narices lo queramos llamar. No lo he cumplido. El bochornoso y repugnante espectáculo de bajeza, poca altura de miras y necedad que uno tiene que sufrir todos los días cuando lo único que intenta es informarse, colaborar en la medida de sus posibilidades y cumplir las instrucciones sanitarias que los profesionales y científicos van indicando a la población, es desalentador. ¿Cómo es posible que algunos antepongan los intereses políticos y económicos a la vida humana y a la búsqueda de la solución de esta tragedia? No me extraña que nos importe un pimiento cuando estas cosas pasan a miles de kilómetros de nuestras sacrosantas fronteras, si ni siquiera con ello encima somos capaces de usar el sentido común.


























"No puedo evitar pensar que en algún lugar del universo tiene que haber algo mejor que el ser humano. Tiene que haberlo." George Taylor, El planeta de los simios, 1968

miércoles, 22 de mayo de 2019

ME GUSTARÍA


Ayer asistí orgulloso a la graduación como bachiller de mi hija Lucía. En realidad es la segunda. Aunque el año pasado no consiguió superarlo, tuvo su graduación. ¡Faltaría más! Ella y todos los que estaban en su misma circunstancia. Pobrecitos, ¿cómo no iban a disfrutar de algo tan importante? La verdad es que he perdido el número de graduaciones por los que ya han pasado mis hijas. Se graduaron en la escuela infantil y al final de los dos ciclos del colegio. Ahora no recuerdo si Lucía se graduó también al terminar la ESO… no estoy seguro. ¡Será por graduaciones!

La verdad es que cada día tolero menos el paripé y son unos actos que no me gustan. Incluso me parecen un poquito ridículos. Y que nadie se me enfade, por favor, que no es mi intención molestar. Por supuesto, respeto y me encanta que los chicos y chicas tengan un día grande, que lo pasen bien y se sientan importantes y protagonistas en un día tan señalado.  Lo mismo que sus familias.

Me gustó mucho que hubiese actuaciones de varios chicos y chicas tocando el piano y la guitarra, cantando... muy bien, por cierto.  De esta forma, estos actos se hacen más amenos entre discurso y discurso. A mí me gustaría que, además de utilizar para estas cosas el talento musical de los alumnos y alumnas, las enseñanzas artísticas tuviesen su sitio real en colegios e institutos y no fueran algo de tercera división, cuando no son directamente despreciadas. Aprovecho para reivindicar la inclusión del Bachillerato de Artes en algún centro ripense. Resulta irónico y hasta vergonzoso que el único que dispone de este bachillerato que permite continuar estudios como composición musical, bellas artes, diseño, cine y medios audiovisuales o artes escénicas, sea también el único concertado del municipio. Comprendo que son asuntos menores, pero no solo de ingenierías vive el hombre. Y la mujer.

Me gustó mucho ver a las chicas y chicos, tan bien vestidos, tan arreglados, tan guapos. Grandes escotes en los vestidos, espaldas al aire y taconazos ellas. Enchaquetados y encorbatados ellos. A mí me gustaría que, en el instituto, no se hiciera tanto hincapié en que las chicas vayan vestidas formalmente y enseñando poca chicha no sea que los varones se desmanden y no presten atención a sus estudios, mientras que ellos pueden asistir a clase más desaliñados y llevar camisetas enseñando bíceps sin problema. Curiosamente, lo contrario que en la fiesta de graduación. La corbata les da formalidad a ellos, mientras que ellas resultan más femeninas si se descocan un poquito. Por favor, saquemos de la educación esas normas no escritas tan pacatas y absurdas.

Me gustó mucho escuchar los discursos de alguno de los profesores y alumnos. Vi alguna punta de espíritu crítico, que viene muy bien en esa ensalada de palabras algo almibaradas y autocomplacientes, con las que se intenta dejar claro que el esfuerzo exigido y los consejos impartidos han servido y, gracias a ellos, los graduados y graduadas prestarán grandes servicios a la sociedad. A mí me gustaría que algunos discursos fueran un poquito menos fríos y fueran un poquito más de verdad. Que tuvieran menos consignas vacías y no fueran tan complacientes. Que no se frivolizara con el estrés, la tensión, el miedo en el cuerpo que han sufrido los alumnos y alumnas durante el curso, sino que se intentara que no tuvieran que pasar por ello y desde el centro se les empujara menos y se les ayudara más. Por supuesto, estoy generalizando. Tengo clarísimo que existen, como en cualquier ámbito,  honrosísimas excepciones. Pero esa es la realidad, los nervios se comen a los chicos y chicas en segundo de bachiller y, desafortunadamente, les importa mucho menos aprender que conseguir esos numeritos finales en un papel como dijo alguna de ellas. Claro, también aquí estoy generalizando.

Me gusta, finalmente, que se reconozca a los mejores, ‘We are the champios’, que se celebre el esfuerzo, que se premie a los que cumplen con las expectativas de una sociedad que espera mucho de ellos y ellas. A mí me gustaría que esa misma sociedad, tan competitiva y poco exigente en valores de otro tipo, se comprometiera a estimular, a ofrecer esperanzas y ser más humana con los jóvenes porque ellos y ellas son los que harán el futuro.

Como una persona querida me dijo una vez, lo mejor es enemigo de lo bueno. Nunca me olvido de esas palabras. A mí me gustaría que lo bueno fuese lo mejor.