domingo, 10 de enero de 2021

LA NIEVE

Hace un día radiante. Carlitos, un niño de unos cuatro o cinco años, va cogido de la mano de su madre camino del mercado. Ella, con paciencia infinita, va aguantando el chaparrón de la pataleta del chaval que, como si lo llevaran al practicante, llora desconsolado. ¡Quiero que nieve!, ¡quiero que nieve!, repite una y otra vez. Al niño le encanta la nieve y no entiende que las personas no podamos controlar los fenómenos meteorológicos a nuestro antojo. 

El tal Carlitos era yo. La verdad es que no me acuerdo de aquel episodio si no fuera porque el hijo de la señora Concha, un borrachín simpático con los carrillos colorados que vivía en un primer piso al final de mi calle, me lo recordaba cada vez que me veía, ya mayor. Él estaba asomado a su ventana aquella mañana de mi infancia y fue testigo de mi monumental berrinche que nunca olvidó por la gracia que le hizo. Además, es una historia que mis padres me cuentan cada vez que hay un mínimo indicio de que va a nevar; como la niebla que había el día que nací, recordada invariablemente por mi familia cada cumpleaños. 

No hace falta que diga que ayer cayó en Madrid una nevada de campeonato. Una nevada que nos dejó indefensos ante la naturaleza una vez más. No sé qué necesitamos los seres humanos para aceptar lo pequeños que somos a pesar de nuestra prepotencia. No podemos hacer que nieve a nuestro antojo, como quería Carlitos, pero tampoco podemos evitarlo. Como no pudimos ni podemos evitar que un virus esté campando a sus anchas por el mundo con unas consecuencias devastadoras. Las personitas que habitamos el primer mundo, este mundo globalizado y consumista que cree que puede con todo, perdemos los nervios y nos aterrorizamos al comprobar que a pesar de la multitud de sofisticados medicamentos, productos de higiene y belleza, cremas para todo tipo de pieles, ropa de nieve, esquíes, raquetas, automóviles, televisiones, ordenadores, barómetros, higrómetros, pluviómetros, nivómetros, etc. etc., nuestra vida diaria cambia si la naturaleza o un virus así lo deciden. La solución no se compra inmediatamente en el supermercado; ni siquiera, y a pesar  de preverlo, somos capaces de organizar una serie de medidas que impida que nos quedemos tirados en las carreteras o confinados en nuestras casas. Para eso haría falta un mínimo de sensatez.  Por no hablar de aquellos que se tienen que enfrentar a todo esto viviendo en la calle o sin luz y calefacción, como está ocurriendo en estos días en la Cañada Real Galiana. Nos sobra soberbia y nos falta corazón. 

Como digo, cada vez que nieva en Madrid me narran la historia del caprichoso niño Carlitos. Además, mi padre recuerda un poema que le gusta mucho de un poeta español bastante desconocido, como todos por otra parte, Emilio Carrere. Dice así: 

Temblaba su mano breve 
de blanca y sedeña piel. 
"¡Qué bonita cae la nieve... 
y qué cruel!".







martes, 29 de septiembre de 2020

TREINTA Y DOS PARRAS

El pasado 24 de agosto hizo setenta y seis años que La Nueve, división de ciento cincuenta republicanos españoles, inició la entrada de las tropas aliadas que liberaron la capital francesa de los nazis. Algunos medios de comunicación recordaron la efemérides y hablaron de ello. Pocos, que ellos ya están para “Sálvames” y pseudo-tertulias políticas que son como “Sálvames". Al hilo de eso, mi padre me comentaba: Me da envidia la gente que vio entrar los tanques españoles liberando París. Yo vi a los otros entrando en Madrid.

Luisito cumple hoy noventa años y, si doy la vuelta a los números, me pongo en los casi nueve años, otra vez nueve, que tenía cuando vio pasar por la calle López de Hoyos a las tropas vencedoras junto a su hermano Alfredo, que había ido a buscarle al colegio con un racimo de uvas como cada día. Terminó la guerra y, con ella, perdió un montón de sueños y paraísos que nunca desalojaron su cabeza ni su corazón, como les pasó a muchísimos niños y niñas de esa generación. La generación estafada, que dice él. Nunca más pudo volver a contar las parras, treinta y dos, que escoltaban el camino que conducía a su casa desde la cancela del jardín; nunca más pudo ver cada mañana a su hermano Daniel abriendo el telégrafo de la oficina comunicando por morse con Cibeles; nunca más vio a Alfredo ducharse con una vieja regadera colgada de un árbol; nunca más jugó con Manolo, su amigo del alma, encima de las baldosas amontonadas detrás de la casa; nunca más pudo ondear la bandera del Hogar. Nunca más.

Los años pasaron y, como es un optimista militante, nada ha podido con él ni con su sonrisa. Ni la grisura de sus años de juventud, en un país y una sociedad mojigata, ni las mil peripecias y dificultades que han ido rodeando su vida. Cuando tenía dieciséis años, Maruja, la hermana de su amigo Carlos, le presento a Ale, la chica más guapa y vergonzosa de la calle Mantuano. A él, que era un chulín. Casi nada, Luis San José, con su corbatita y su cuello subido recitando versos a la primera que se pusiera delante. Desde entonces están juntos. Y juntos han vivido tantas cosas como caben en sesenta y cuatro años. Y más. Para dar y regalar. Marisa, Reyes, Carlitos y todo lo que vino después.

Ha tenido mil oficios y todos los ha hecho con alegría. Chico de tienda en “La favorita”, desde donde llevaba las camisas hechas a medida al Teatro María Guerrero, una premonición, a Don Huberto Pérez de la Osa, su director en los cuarenta; fundidor junto a su hermano, todavía recuerda con precisión cada paso de las cajas, la arena de albero y el crisol; las tiendas… ¡ay, las tiendas! Cómo trabajó, disfrutó y sufrió a partes iguales. Nadie atendió nunca mejor que él a las clientas -digo a las clientas porque a una tienda de ropa de niños y mercería, en aquellos años, no entraban más que mujeres-, ni puso escaparates tan bonitos como los suyos. Pero la vida es perra y la generosidad de mi padre no casa bien con el comercio, para el que hay que ser un poco fenicio. Después, Copiadux, la tele, figuración en “La señora García se confiesa”, otra premonición, y tantas otras… él, que podría haber sido un grandísimo actor, ¡hasta binguero! Sabe muy bien, mejor que nadie, que ser trabajador es una actitud ante la vida, que uno trabaja desde que pone un pie en el suelo al levantarse por la mañana.

Es un orgullo ser su hijo pero, sobre todo, una suerte. No ha sido un padre al uso como no ha sido un hombre al uso. Creo sinceramente que ha mejorado a cada persona que se ha cruzado en su camino. O, por lo menos, le ha hecho la vida más agradable.  Pero esa actitud de beberse la vida y disfrutar cada día de las pequeñas cosas, porque sabe que son las que importan, no le impide llamar al pan, pan y al vino, vino; no le impide cabrearse ante las injusticias; no le impide decir lo que piensa; no le impide ser la persona más joven, más honesta y con una de las mentes más claras que he conocido.

Sabe y nos ha enseñado tanto… Siempre al día, pendiente de lo que pasa en el mundo e indignado por eso mismo.

Podría estar escribiendo días enteros y nunca conseguiría contar todo lo que es Luisito, Luis, mi padre. La familia, los amigos y cualquiera que le conozca, lo sabe. Hoy cumple noventa años y somos unos afortunados por tener la suerte de poder seguir  escuchándole, aprendiendo de su sabiduría, su cultura y su sentido del humor. Y tiene cuerda para rato porque nos ha confesado que ha firmado un contrato hasta los cien y, como está hecho con muy buenos materiales, piensa cumplirlo.

Y encima, a los noventa, te has reinventado como cocinero. No paras de sorprenderme papá.

 

29 de septiembre de 2020

 
 
 

jueves, 28 de mayo de 2020

DE SIMIOS, PANDEMIAS Y MÁQUINAS DEL TIEMPO

Debía tener ocho o nueve años cuando vi por primera vez, en programa doble, las películas El planeta de los simios y El tiempo en sus manos, con el tiempo dos clásicos de la ciencia ficción. Fue en el cine Aragón que con los años fue convertido en multisalas hasta llegar a su desaparición como tantos otros. Este cine estaba muy cerca de mi barrio, razón por la que un montón de chavales vecinos fuimos en panda con varias de nuestras madres. Esto se hacía con frecuencia en aquellos años y  para nosotros era todo un acontecimiento. Me estoy viendo subiendo nervioso las escaleras del gallinero, con la película empezada y Charlton Heston, vestido de astronauta, en la pantalla. No sospechaba en ese momento que esas dos películas me acompañarían para siempre.

El planeta de los simios es la adaptación al cine de una novela del escritor francés Pierre Boulle y en ella se muestra de forma impactante la vida en un planeta en el que los monos han evolucionado de manera muy superior a los seres humanos, siendo estos considerados y tratados como "animales" a su servicio. El tiempo en sus manos también está basada en una novela, La máquina del tiempo de H.G. Wells, y cuenta los viajes a través del tiempo de un caballero inglés a bordo de una pintoresca máquina de su invención. Ambas son películas de aventuras, con ritmo trepidante y capaces de atrapar a un público  juvenil; al de los setenta... aunque me atrevo a decir que también al de ahora ya que  han tenido, y siguen teniendo, infinidad de versiones y secuelas que hacen suponer que nunca se cerrará el grifo. Sin embargo, a pesar de su aparente ligereza, las dos tienen un regalo envenenado: enseñarnos el siniestro futuro de nuestro mundo si nosotros, las personas que lo habíamos, no cambiamos de actitud con respecto a nuestro planeta y a nosotros mismos. Son dos películas llenas de paralelismos que cuentan la misma historia; la de una humanidad, la nuestra, degradada hasta la máxima expresión. 

Tuve pesadillas durante años con ellas y las he seguido viendo a lo largo de mi vida infinidad de veces. Nunca se me olvidará la primera vez que aparecen en la pantalla esos enormes simios soldados, montados a caballo, cazando seres humanos y llevándoselos dentro de camiones-jaula, para ser distribuidos entre el zoológico, el museo de historia animal o los experimentos veterinarios. ¿Qué decir del archiconocido y tremendo final en aquella playa bajo la Estatua de la Libertad? De la misma forma que nunca podré borrar de mi mente a los Morloks, esos seres mutantes albinos que sobreviven en un mundo subterráneo alimentándose por cándidos humanos que no son capaces de revelarse ante aquella situación porque hace mucho que dejaron de pensar. Dos visiones poco optimistas del futuro de La Tierra, como resultado de guerras, codicia, epidemias y ambición.

Me había propuesto no escribir nada acerca de la situación por la que atravesamos. Crisis del coronavirus, pandemia... o como narices lo queramos llamar. No lo he cumplido. El bochornoso y repugnante espectáculo de bajeza, poca altura de miras y necedad que uno tiene que sufrir todos los días cuando lo único que intenta es informarse, colaborar en la medida de sus posibilidades y cumplir las instrucciones sanitarias que los profesionales y científicos van indicando a la población, es desalentador. ¿Cómo es posible que algunos antepongan los intereses políticos y económicos a la vida humana y a la búsqueda de la solución de esta tragedia? No me extraña que nos importe un pimiento cuando estas cosas pasan a miles de kilómetros de nuestras sacrosantas fronteras, si ni siquiera con ello encima somos capaces de usar el sentido común.


























"No puedo evitar pensar que en algún lugar del universo tiene que haber algo mejor que el ser humano. Tiene que haberlo." George Taylor, El planeta de los simios, 1968

miércoles, 22 de mayo de 2019

ME GUSTARÍA


Ayer asistí orgulloso a la graduación como bachiller de mi hija Lucía. En realidad es la segunda. Aunque el año pasado no consiguió superarlo, tuvo su graduación. ¡Faltaría más! Ella y todos los que estaban en su misma circunstancia. Pobrecitos, ¿cómo no iban a disfrutar de algo tan importante? La verdad es que he perdido el número de graduaciones por los que ya han pasado mis hijas. Se graduaron en la escuela infantil y al final de los dos ciclos del colegio. Ahora no recuerdo si Lucía se graduó también al terminar la ESO… no estoy seguro. ¡Será por graduaciones!

La verdad es que cada día tolero menos el paripé y son unos actos que no me gustan. Incluso me parecen un poquito ridículos. Y que nadie se me enfade, por favor, que no es mi intención molestar. Por supuesto, respeto y me encanta que los chicos y chicas tengan un día grande, que lo pasen bien y se sientan importantes y protagonistas en un día tan señalado.  Lo mismo que sus familias.

Me gustó mucho que hubiese actuaciones de varios chicos y chicas tocando el piano y la guitarra, cantando... muy bien, por cierto.  De esta forma, estos actos se hacen más amenos entre discurso y discurso. A mí me gustaría que, además de utilizar para estas cosas el talento musical de los alumnos y alumnas, las enseñanzas artísticas tuviesen su sitio real en colegios e institutos y no fueran algo de tercera división, cuando no son directamente despreciadas. Aprovecho para reivindicar la inclusión del Bachillerato de Artes en algún centro ripense. Resulta irónico y hasta vergonzoso que el único que dispone de este bachillerato que permite continuar estudios como composición musical, bellas artes, diseño, cine y medios audiovisuales o artes escénicas, sea también el único concertado del municipio. Comprendo que son asuntos menores, pero no solo de ingenierías vive el hombre. Y la mujer.

Me gustó mucho ver a las chicas y chicos, tan bien vestidos, tan arreglados, tan guapos. Grandes escotes en los vestidos, espaldas al aire y taconazos ellas. Enchaquetados y encorbatados ellos. A mí me gustaría que, en el instituto, no se hiciera tanto hincapié en que las chicas vayan vestidas formalmente y enseñando poca chicha no sea que los varones se desmanden y no presten atención a sus estudios, mientras que ellos pueden asistir a clase más desaliñados y llevar camisetas enseñando bíceps sin problema. Curiosamente, lo contrario que en la fiesta de graduación. La corbata les da formalidad a ellos, mientras que ellas resultan más femeninas si se descocan un poquito. Por favor, saquemos de la educación esas normas no escritas tan pacatas y absurdas.

Me gustó mucho escuchar los discursos de alguno de los profesores y alumnos. Vi alguna punta de espíritu crítico, que viene muy bien en esa ensalada de palabras algo almibaradas y autocomplacientes, con las que se intenta dejar claro que el esfuerzo exigido y los consejos impartidos han servido y, gracias a ellos, los graduados y graduadas prestarán grandes servicios a la sociedad. A mí me gustaría que algunos discursos fueran un poquito menos fríos y fueran un poquito más de verdad. Que tuvieran menos consignas vacías y no fueran tan complacientes. Que no se frivolizara con el estrés, la tensión, el miedo en el cuerpo que han sufrido los alumnos y alumnas durante el curso, sino que se intentara que no tuvieran que pasar por ello y desde el centro se les empujara menos y se les ayudara más. Por supuesto, estoy generalizando. Tengo clarísimo que existen, como en cualquier ámbito,  honrosísimas excepciones. Pero esa es la realidad, los nervios se comen a los chicos y chicas en segundo de bachiller y, desafortunadamente, les importa mucho menos aprender que conseguir esos numeritos finales en un papel como dijo alguna de ellas. Claro, también aquí estoy generalizando.

Me gusta, finalmente, que se reconozca a los mejores, ‘We are the champios’, que se celebre el esfuerzo, que se premie a los que cumplen con las expectativas de una sociedad que espera mucho de ellos y ellas. A mí me gustaría que esa misma sociedad, tan competitiva y poco exigente en valores de otro tipo, se comprometiera a estimular, a ofrecer esperanzas y ser más humana con los jóvenes porque ellos y ellas son los que harán el futuro.

Como una persona querida me dijo una vez, lo mejor es enemigo de lo bueno. Nunca me olvido de esas palabras. A mí me gustaría que lo bueno fuese lo mejor.
 
 

martes, 7 de agosto de 2018

SUSANA ARROYO Y RAÚL MENÉNDEZ

Durante estos meses pasados, cuando los amigos y conocidos se enteraban de la noticia de que Susana y Raúl se casaban, la respuesta habitual ha sido: “¿Cómo? Ah… ¿pero no estaban casados?”. Porque todo el mundo piensa que vosotros, Coco y Raúl, estáis casados desde siempre. Incluso desde antes de nacer. 

Pocas parejas tan consolidadas como la vuestra. Ninguna falta os hacía para estar más casados que nadie tener un papel que lo dijera porque el amor, el compromiso y el respeto no necesitan ser certificados. A pesar de eso, dais una vuelta de campana y os casáis que, en vuestro caso, es como decir: “Mirad, tan seguros estamos de lo nuestro que nos casamos y queremos compartir con vosotros lo contentos que estamos de habernos conocido, de vivir juntos y de haber tenido a nuestros dos hijos”.

Todos los que conocemos a Raúl y Coco sabemos lo especiales y necesarios que son. Personas imán, que se hacen imprescindibles para la familia y los amigos, seguramente porque los demás sabemos que no pasamos por ellos de cualquier manera. Escuchan, se preocupan por nosotros y siempre sentimos que están ahí. No es extraño que se encontraran en el camino rápidamente, que lo siguieran juntos y que sigan de la mano, queriéndose y respetándose. Porque no hay más secreto que ese: quererse y respetarse. Ellos son dos compañeros que saben de la importancia de tener a alguien incondicional a tu lado.

Yo, como ellos, soy el último hijo y el hermano pequeño. Quizás por eso les siento tan cerca y les considero esos hermanos menores que no tuve. Decir que les quiero mucho es una obviedad porque ¿quién de los que está aquí no les quiere? Se lo merecen, igual que se merecen ser muy felices juntos pero eso es una prueba que ellos ya pasaron hace tiempo con muy buena nota.

Para terminar, quiero dedicarles un poema de Ángel González. Me gustaría ser capaz de escribir así y no lo soy, pero ¿para qué intentarlo teniendo ya escritas estas palabras que reflejan tan bien este día?


Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz cualquiera...
Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,

seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.



Madrid, 3 de agosto de 2018










miércoles, 7 de marzo de 2018

OCHO DE MARZO

Me gusta estar entre mujeres. Desde siempre. Quizás porque me crie con dos hermanas, una madre fuerte y cariñosa y un padre nada convencional. Y cuando digo nada convencional quiero decir que en mi casa nunca respiré ese ambiente en el que el marido manda y la mujer obedece. En absoluto. Mis padres, afortunadamente, siempre han tenido una relación intelectual y afectiva entre iguales y él  ha sido lo suficientemente inteligente como para saber que lo contrario, aparte de una barbaridad, es una equivocación garrafal. Algo ridículo.  Por eso nunca me he chocado con esa barrera invisible entre niños y niñas, chicos y chicas, hombres y mujeres.

Vivo con tres mujeres y tengo multitud de amigas, amigas del alma, compañeras y conocidas con las que paso ratos estupendos. Me gustan las mujeres y me parece que su mundo es más rico y más interesante que el nuestro. También tengo amigos hombres, claro. Y muy buenos. Pero debo reconocer que me cuesta encontrarlos en esa jungla de estereotipos en la que vivimos y peleamos cada día. Eso sí, cuando los encuentro lo celebro y procuro que no se me escapen porque  no es nada fácil toparse con esas raras avis. Compañeros machos que no se pasen la vida intentando demostrar que lo son, haciendo chistes casposos y quejándose de sus parientas. Creo que esa es una de las grandes revoluciones pendientes. La de los hombres capaces de mostrar sus sentimientos, sus intereses, sus debilidades y sus emociones sin tener que justificarse. Algunos lo tenemos superado pero, lamentablemente, todavía hay muchos en ese armario lleno de polilla.

Soy hombre y soy feminista. ¿Cómo no serlo? Estoy convencido de que estamos empezando a vivir el siglo de las mujeres. Ellas de sobra saben lo que les ha costado, y lo que les cuesta, cada paso avanzado. Todas las que en la actualidad pueden permitirse decidir sus profesiones y sus formas de vida, las que sean, no deberían olvidar que eso no ha sido gratuito. Se lo deben a aquellas que las precedieron, que lucharon y que arriesgaron su seguridad doméstica y, en muchos casos, hasta su vida por conseguirlo.

Parece mentira que a estas alturas del partido haya que seguir diciendo estas cosas y saliendo a la calle para defender y reivindicar lo que se cae por su propio peso, pero sobran los ejemplos con los que nos desayunamos cada día.

Para terminar, solo formulo un deseo y pido un favor a algunas mujeres que desempeñan puestos relevantes en sus empresas, en sus grupos de trabajo o en sus hogares: que no copien los comportamientos aprendidos de los hombres más rancios. Ya no estamos para perder el tiempo con mediocridades.

¡Feliz ocho de marzo!






domingo, 11 de febrero de 2018

SOLEDAD PARDO

Se diría que este blog se está convirtiendo en algo parecido a aquellos programas radiofónicos en los que los oyentes llamaban para felicitar en antena a sus seres queridos. Felicito a Soledad en el día de su cumpleaños... Y si además de la felicitación, se dedicaba una canción, mejor que mejor. Para Sole en el día de su cumpleaños: "Hoy es el día más hermoso, fecha de tu aniversaaariooo..."

El blog es un buen pretexto para poder decir algunas cosas que de otra manera no diría, así que si los cumpleaños son el motivo para ello, bienvenidos sean. Como además, en este caso, la homenajeada no me permitiría por nada del mundo decirle unas palabras ni hacer ningún tipo de celebración especial en su honor, esta es la manera perfecta para que las tenga que escuchar, o leer más bien, sin que me pegue una voz poniéndome en mi sitio.

Nos conocemos hace un siglo. Yo diría que desde siempre. La primera vez que nos vimos nos habían convocado a una comida en la que se celebraba la victoria electoral del PSOE. Nos tocó juntos y, al sentarnos, me soltó entre risas a bocajarro y sin cortarse un pelo, algo muy frecuente en ella, que no sabía que hacía allí porque no había votado a ese partido. Yo, que en aquellos año era incluso más tímido de lo que soy ahora, me quedé de piedra pero con la misma confianza que ella me estaba brindando, le contesté que me pasaba lo mismo. No sabía qué hacía allí. Seguramente teníamos que ir para conocernos. Y ese fue el comienzo de una hermosa amistad, como en Casablanca.

Desde entonces nuestra andadura profesional ha ido de la mano y nunca nos hemos separado. No sé que sería de mí sin tenerla cerca, quitando hierro y animando el tedio ministerial que va en aumento, haciendo risas, comentando desde El código Da Vinci a Cien años de Soledad o cantando Las coplas a la muerte de Don Guido o With a litle help from muy friends.

Sole no posturea. Juntos hemos corrido aventuras de todo tipo y siempre es ella misma, una de las personas más auténticas que conozco. Tiene un algo popular y sincero, de lo que no se avergüenza, que no cambia dependiendo de quien la esté escuchando, ya sea un ordenanza o cualquier alto cargo por poner un ejemplo. Quienes la conocen saben de lo que hablo. Uno se imagina el dos de mayo con madrileñas como ella.

Soy testigo de que ha sido la mejor hija y, para colmo, es la mejor amiga de sus amigos que me he echado a la cara. Sabe el valor de la amistad y si te cuentas entre ellos tienes la certeza de que es para siempre y en cualquier circunstancia. Es incondicional y tengo mil y una pruebas de ello. Con ella nunca estás solo y si tiene que arriesgar la cara por defenderte ante algún mequetrefe de los que tanto abundan, lo hace sin reparar en las consecuencias.

Hoy es su cumpleaños y el número da lo mismo. Como es más lista que los ratones coloraos podría cumplir trescientos años pero, como al mismo tiempo es la más joven, podría cumplir dieciocho. Cuando la conocí llevaba minifaldas vertiginosas que mostraban sin pudor unas piernas dignas de enseñarse. Ya no lleva minifalda, ni falta que le hace. Lo más importante de ella está debajo del pelo. Y debe ser mucho dado el tamaño de su cabeza, casi tan grande como su corazón.

Muchísimas felicidades Sole. Mi día a día no sería ni parecido si tú no estuvieras. Solo siento no tener un poquito más de edad para haber coincidido contigo en los años ochenta. Nos habríamos cogido del brazo y nos habríamos ido al Penta para encontrarnos con La chica de ayer.